Mi búsqueda de un juego que valiese la pena jugar Autor: Tim Gallwey


Mi búsqueda de un juego que valiese la pena jugar

Autor: Tim Gallwey

Más o menos cuando fui lo suficientemente alto como para ver por encima de la red , mi padre me introdujo al tenis. Jugué ocasionalmente con mis primos y mi hermana mayor hasta los once años, momento en el que tomé mi primera clase con un nuevo entrenador llamado John Gardiner en Pebble Beach, California. Ese mismo año jugué mi primer torneo en la división “menos de 11” en los Campeonatos Nacionales de Pista Dura. La noche anterior al encuentro, soñé con la gloria de ser un campeón. Mi primer encuentro fue una nerviosa pero sencilla victoria. Mi segundo encuentro, contra un jugador de segundo término, finalizó con una derrota 6-3, 6-4 haciéndome llorar amargamente. No tenía ni idea de por que ganar significaba tanto para mi.Durante los siguientes veranos jugué a tenis cada día. Me levantaba a las 7 de la mañana, me preparaba y tomaba mi desayuno en cinco minutos y luego iba hasta las pistas de Pebble Beach a muchas millas de distancia. Solía llegar una hora antes que los demás y pasaba ese tiempo golpeando reveses y boleas contra una pared. Durante el día jugaba diez o quince sets, me ejercitaba y tomaba mis lecciones ininterrumpidamente hasta que la falta de luz no dejaba ver la bola. ¿Por qué?. Realmente no lo sabía. Si alguien me lo hubiese preguntado le hubiese dicho que era porque me gustaba el tenis. Aunque esto era parcialmente cierto, era primeramente porque estaba profundamente metido en el juego del perfeccionismo. Había algo que parecía que quería demostrarme a mi mismo. Ganar era importante para mi en los torneos, pero jugar bien era importante día a día. Quería ser mejor y mejor. Mi estilo consistía en pensar que no iba a ganar, y luego intentar sorprenderme a mi y a los demás. Aunque odiaba perder, no disfrutaba realmente de ganar a otra persona; me incomodaba ligeramente. Yo era un trabajador incansable y nunca cesaba en el intento de perfeccionar mis golpes.A la edad de quince años había ganado el Campeonato Nacional de Pista Dura en la división júnior, y había sentido la emoción de ganar un torneo importante. A principios de ese mismo verano fui al Campeonato Nacional de Kalamazoo y perdí en cuartos de final con un jugador de septimo término 3-6, 6-0, 10-8. En el último set, había estado por delante 5-3, 40-15 con el servicio a mi favor. Estaba nervioso pero optimista. En el primer punto de partida hice una doble falta al intentar hacer un ace en mi segundo servicio. En el segundo, fallé la bolea más sencilla posible delante de una llena y ostentosa tribuna. Desde entonces y durante muchos años, reviví el punto de partida en incontables sueños, y sigue tan vivo en mi memoria ahora como lo estaba veinte años atrás. ¿Por qué?. ¿Qué diferencia realmente significó?. No conseguía responderme.

Cuando comencé el instituto, había dejado al lado la idea de probar mi valía a través de los campeonatos de tenis, y me sentía feliz de jugar para ser “un buen amateur”. Puse la mayor parte de mi energía en asuntos intelectuales, algunas veces era un esfuerzo fatigoso, algunas veces una verdadera búsqueda de la Verdad. Desde mi segundo año escolástico me di cuenta que en los días en los que tenía un bajo rendimiento académico, solía también hacerlo mal en la pista de tenis. Me esforzaba en demostrar en la pista lo que difícilmente había demostrado académicamente, pero solía encontrar que la falta de confianza en un área tendía a infectar la otra. Afortunadamente lo contrario también era verdad. Durante los cuatro años como jugador en el instituto, estaba siempre nervioso cuando iba hacia la pista a disputar un torneo. Cuando era alumno del último año y fui elegido capitán del equipo, era de la opinión intelectual que la competencia realmente no demostraba nada – pero seguía estando tenso antes de la mayoría de los torneos.

Después de la graduación dejé el tenis competitivo durante diez años y comencé una carrera como educador. Mientras enseñaba inglés en la Academia Exeter en New Hampshire, me di cuenta de que incluso los chicos más listos interferían de forma significativa con su habilidad de aprender y con sus resultados académicos. Después, como oficial de entrenamiento en la U.S.S. Topeka, vi lo empobrecido que estaba nuestro sistema de enseñanza y cuan anticuados eran nuestros métodos de entrenamiento.

Cuando salí de la Marina me junté con un grupo de idealistas para fundar un colegio liberal de arte al Norte de Michigan. Durante sus cortos cinco años de existencia, estuve más y más interesado en saber como aprender y como ayudar a otros a aprender. Estudié las obras de Abraham Maslow y de Carl Rogers a finales de los sesenta y estudié teoría del aprendizaje en la escuela de graduados de Clameront, pero no tuve un éxito práctico sobre el aprendizaje hasta que enseñé tenis en el verano de 1970, durante una temporada sabática de la “educación”.

Estaba interesado en aprender teoría y ese verano, comencé a tener varias perspectivas acerca del proceso de aprendizaje. Decidí continuar enseñando tenis, y desarrollé lo que vino a ser llamado el Juego Interior (the Inner Game) – una manera de aprender que parecía aumentar tremendamente la tasa de aprendizaje de los estudiantes. También tuvo efectos beneficiosos sobre mi propio juego. Aprender un poco acerca del arte de la concentración ayudó a revitalizar rápidamente mi nivel, y pronto estuve jugando mejor que nunca. Después de ser el profesional del club Meadowbrook en Seaside, California, me di cuenta que aunque no disponía de demasiado tiempo para trabajar mis golpes, aplicando los principios que yo enseñaba podía mantener mi nivel de juego, el cual, casi nunca era vencido por nadie de la zona.

Un día, después de jugar particularmente bien contra un jugador muy bueno, me pregunté qué tal se me darían las competiciones y las giras. Me sentí seguro con mi juego aunque no me hubiese enfrentado contra jugadores de alta distinción. Así que me alisté en un torneo en el Club de Tennis en Berkeley donde iban a competir jugadores del nivel más alto. En el fin de semana reseñado, conduje hacia Berkeley con confianza, pero cuando llegué comencé a cuestionar mi propia habilidad. Todo el mundo allí parecia medir dos metros y llevar cinco o seis raquetas. Reconocí a muchos de los jugadores por las revistas de tenis, pero ninguno de ellos parecía reconocerme a mi. La atmósfera era muy distinta de la que se respiraba en Meadowbrook, mi pequeña charca donde yo era la rana jefe. De repente vi como mi optimismo de antes se tornaba pesimismo. Dudaba de mi juego. ¿Por qué? ¿Había sucedido alguna cosa desde el momento en que dejé el club tres horas antes?

Mi primer encuentro fue contra un jugador que literalmente media dos metros. Aunque él solo llevaba tres raquetas, cuando los dos nos situamos en la pista mis rodillas se sentían un poco debiles y mi muñeca no parecía tan fuerte como de costumbre. Me preguntaba que pasaría fuera de la cancha. Pero cuando comenzamos a calentar, me di cuenta rápidamente que mi oponente no era ni de buen trozo tan bueno como me había imaginado. Le iba a dar una lección, sabía exactamente lo que le diría, y le categoricé como un jugador “un poco mejor que la media del club”, sintiéndome mejor.

Pero, una hora más tarde, con el marcador 4-1 a su favor en el segundo set, y habiendo perdido el primer set 6-3, comencé a darme cuenta que iba a ser vencido por un jugador “un poco mejor que la media del club”. Durante todo el encuentro había estado nervioso, fallando tiros fáciles y jugando inconsistentemente. Parecía que mi concentración estaba floja justo lo suficiente para echar las pelotas fuera de la ralla por unos pocos centímetros y darle a la parte de arriba de la red bolea tras bolea. Mientras esto ocurría, mi oponente, con la perspectiva de una clara victoria, falló. No sé qué es lo que estaba pasando dentro de su cabeza, pero no pudo rematarme. Perdió el segundo set 7-5 y el próximo 6-1, pero mientras salía de la pista no tenía ningún sentimiento de haber ganado ese encuentro sino más bien era él quien había perdido.

Comencé a pensar inmediatamente en mi próximo encuentro contra un jugador de alta categoria de California. Sabía que era un jugador con más experiencia que yo y probablemente con más habilidad. Yo realmente no quería jugar tal y como lo había hecho durante la primera ronda; hubiese sido derrotado. Pero mis rodillas aun estaban temblando, mi mente no parecía capaz de enfocarse con claridad y yo estaba nervioso.

Finalmente me senté en reclusión para ver si podía controlarme. Comencé preguntándome, “¿Qué es lo peor que puede pasar?”.

La respuesta era sencilla: “Puedo perder 6-0, 6-0.”

“¿Qué pasará si pierdo?”

“Bueno.. estaré fuera del torneo y regresaré a Meadowbrook. Las personas me preguntarán como lo he hecho y les diré que he perdido en la segunda vuelta y tal y tal”.

Ellos dirían simpáticamente, “Oh, eres un tipo muy duro. ¿Cómo fue la puntuación?” Entonces yo tendría que confesar; amor y más amor.

“¿Qué sucedería después?” me pregunté. “Bueno se comentaría que había sido derrotado en Berkeley, pero rápidamente volvería a jugar bien y pronto la vida volvería a la normalidad”.

Intenté ser tan honesto como pude acerca de las peores consecuencias. No eran buenas, pero tampoco eran inaguantables – ciertamente no lo suficientemente malas como para preocuparse.

Luego me pregunté, “¿Qué es lo mejor que puede pasar?”.

De nuevo la respuesta estaba clara: “podría ganar 6-0, 6-0”.

“¿Y entonces qué?”

“Tendría que jugar otro partido, y luego otro hasta ser derrotado, lo que en un torneo que este era inevitable. Luego regresaría a mi club, contaría como lo he hecho, recibiría unas palmaditas en la espalda, y de nuevo todo regresaría a la normalidad”.

Permanecer en el torneo una o dos rondas más no me parecía increíblemente alucinante, así que me hice una pregunta final: “¿Qué quiero realmente?”

La respuesta fue un tanto inesperada. Lo que realmente quería, me di cuenta, era dominar el nerviosismo que me estaba impidiendo jugar como sabía y disfrutar con ello. Quería superar el obstáculo interior que me había atormentado durante mucho tiempo en mi vida. Quería ganar el juego interior.

Habiendo llegado a esa conclusión, sabiendo lo que de verdad quería, me dirigí a mi siguiente encuentro con un renovado entusiasmo. En el primer juego, hice tres dobles-faltas y perdí mi servicio, pero después tuve una nueva certidumbre.

Fue como si se me hubiese librado de una enorme presión y me encontrase allí jugando con todas mis energías bajo mi control. No pude romper el servicio a mi oponente, que era zurdo, pero no perdí el mío hasta el último juego del segundo set. Había perdido 6-4, 6-4, pero salí de la pista sintiendo que había ganado. Había perdido el juego exterior, pero había ganado el juego que había querido, mi propio juego, y me sentía muy feliz. Incluso cuando un amigo se me acercó después del encuentro y me preguntó que había hecho, estuve tentado a decir, “¡Gané!”.

Por primera vez reconocí la existencia del Juego Interior, y de su importancia para mi. No sabía cuales eran las reglas de ese juego, tampoco cual era su sentido, pero sentía que implicaba algo más que ganar un trofeo.

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Coaching;¨Psicoterapeuta Gestalt;Consultor en Marketing de Redes Sociales.

Publicado el diciembre 4, 2013 en Uncategorized y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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